viernes, 6 de mayo de 2022

CARACOLA

De la red



Estando tumbada en un parque un día, observé con detenimiento a unos cuantos caracoles que a por mi sabroso sándwich venían. 

Su desventaja era evidente, se deslizaban tan despacio que me dio tiempo a pensar por dónde le darían el primer bocado. Fui rápida y astuta, les dejé el rastro en el aire y desapareció de su vista lo que más deseaban masticar sus pequeñas mandíbulas. 

Pero de repente todos me miraron y como si de una maldición milenaria se tratara, me incrustaron una concha que tapó mi cabeza y mi cuerpo de una forma un tanto extraña.

Tenía piernas para ir a cualquier sitio, pero me faltaban la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto: sentidos indispensables para dirigirte a cualquier objetivo.

Y comencé a andar, me choqué con cientos de personas que me escupían al pasar, me caí en varios huecos profundos, perdí los zapatos e intentaron agujerearme la cocha para investigar quién había allí dentro, lo que resultó imposible porque ni yo misma lo sabía en aquel momento. 

Sigo andando, sigo ciega, sigo sin tacto. Se dice que el amor es ciego, pero aún nada se ha dicho de que si una caracola con patas podría llegar a ser algo tan asombroso.