martes, 27 de septiembre de 2022

EL ESLABÓN TORCIDO

De la red

 

Eslabón Rodríguez nació entre fuertes ruidos causados por amoladoras angulares furiosas echando chispas como si no hubiera un mañana, en la agradable pedanía castellana de Terminón. El gritito tan agudo que pegó al coger la primera bocanada de aire y al llenar sus pulmones de hierro determinó su futuro inmediato y acabó siendo uno más, un simple eslabón.


De pequeño formó parte de una cadena larga y fina, según recuerda descansaba por las mañanas y por las noches se estiraba todo lo que podía. Tenía buena relación con los eslabones colindantes, a veces echaba de menos tener un hermano y tan pronto quería ser policía como físico cuántico.


La adolescencia la pasó perdido en el barro, un día de mucho viento cayó al suelo desmayado y tuvo que pelearse con el tiempo para no acabar enterrado. Durante esos años cambió su apellido y desarrolló unos grandes músculos de carbono, se tatuó fechas y nombres propios, escuchó música latina y se oxidó los dientes porque era la moda y así lo dictaba la disciplina.


Fue más adelante cuando Eslabón Perdido se torció. A los cuarenta y tantos años tuvo un accidente estrepitoso y su cuerpo pasó de ser un cero a parecer un ocho. Andaba hacia atrás y parecía que bailaba todo el rato, sorprendentemente todo esto propició su fama de simpático, por lo que decidió dejar su nombre intacto pero de nuevo cambió su apellido: desde ese momento, y ya para siempre, se llamaría Eslabón Torcido.