jueves, 19 de enero de 2017

INTERCAMBIO

De la red

Somos dos barcos de papel navegando a la deriva. Fuimos construidos sin planos complejos ni ingenieros de por medio, solo nos doblaron y dieron forma las manos de unos niños que aquel día jugaron a ser capitanes de La Marina.

Tú estás hecho de papel reciclado, eres una mezcla de sucesos pasados que se han lavado, secado y planchado para demostrar al mundo que existen las segundas, terceras o cuartas oportunidades. Navegas erguido gracias a un mástil fuerte que sujeta a dos velas que manejas a tu antojo para elegir tu camino. La derecha te marca el destino, pero te empeñas en virar hacia la izquierda.

Yo salí de aquella casa con agujeros en las velas. Estoy hecha de papel de periódico, tengo la tinta corrida y manchas de café resecas. Me mantengo en el agua porque no he pasado aún por ninguna tormenta, voy siguiendo la luz del sol por el día y por la noche, el brillo de las estrellas.

Mi lienzo está tatuado con cientos y cientos de palabras, tiene titulares, encabezamientos, párrafos y firmas de periodistas que me aportan un aspecto de malota y provoca que no esté muy bien vista.

Tú, sin embargo, tienes cubiertas todas las antiguas noticias, solo asoma alguna letra suelta que te da un toque de distinción casi nobiliaria, por lo que a menudo te rodeas de barcas con medias de seda en sus anclas, extensiones en los timones e implantes en proa y popa, de esos que solo aguantan el peso pluma de un sombrero de copa.

Una madrugada me adelantaste sin previo aviso, una ola hizo que te balancearas y rozaste con tu súper casco mi pequeño casquito. Tuvimos que parar un momento para valorar los desperfectos y resulta que desde entonces desaparecen palabras de mi lienzo y aparecen en el tuyo, rellenando cada hueco.


miércoles, 11 de enero de 2017

PROPÓSITOS

De la red

Durante un tiempo prolongado no viví. La sangre que recorría mi cuerpo se secó y tuve que recurrir a la savia para poder alimentar a las células que me conforman, ¡tienden a ser caprichosas y no son capaces de tomarse un día libre sin nutrirse, relacionarse o reproducirse!

Deberían ser necesarias las muertes en vida: tener que ponernos detrás de la pantalla y observar, sin más, sin respirar, sin sentir, sin juzgar. Creo que ese simple gesto nos aportaría una visión global de lo que hoy consideramos cada uno de nosotros tan particular.
Volver a la vida sin los filtros que utilizamos para mostrarla al mundo, volver y simplemente ser.

Es curioso, pero echo de menos las miradas tristes, esas que muestran desconcierto y algún grado de miedo interno. Las echo de menos porque disfruto mucho observando el cambio que se produce cuando lo malo pasa y llega lo realmente bueno. Como por arte de magia, lo que era opaco adquiere brillo.

Me miraré en el espejo de vez en cuando y moriré en vida un par de veces al mes. Me alimentaré de savia de encina joven y a ratos de sauce llorón. Actuaré en mi día a día sin filtros ni photoshop.
Limpiaré cada mañana lo opaco con mucha agua y poco jabón. Esperaré el brillo que está por venir con unas bonitas gafas de sol. Viviré lo que me toque intentando encontrarle sentido a lo que no lo tiene y dejando de buscar lo que quedó escondido tras aquel tremendo apagón.


viernes, 30 de diciembre de 2016

VIDAS

De la red

Iba paseando tranquilamente por aquella calle poco transitada cuando de repente caí por una alcantarilla que sorprendentemente estaba abierta al mundo a esa hora tan intempestiva. ¡Para un día que iba mirando al cielo buscando rayos de sol que cegaran mi vista, resulta que el agujero estaba debajo y no lo vi venir!

La corriente de agua que por allí pasaba me hizo transitar por un laberinto de calles subterráneas sin tiempo para mirar escaparates o comprar el pan.

De repente un chorro del tamaño de un pequeño edificio en construcción me elevó y de nuevo caí, pero esta vez enfrente del nombre de una calle que me hizo pensar que quizá todo lo sucedido no tenía por qué ser casualidad.

...y fue poner un pie en el suelo y cambió mi color de piel. Fue poner el otro, y mi estatura creció y mi cuerpo adelgazó. Fue girarme a la izquierda y me dieron ganas de votar a los de derechas, por lo que me volteé a la derecha y se me quitaron las ganas de votar y de volver a girar.

Di un primer paso y ya no era logopeda ni maestra, ahora era artista: pintaba y escribía. Al segundo paso me quedé soltera, la alianza desapareció de mi dedo y dejó una huella blanca que se notaba demasiado en mi nueva piel color canela.

Al tercero resultó que comencé a hacer la mudanza, dejé de vivir con frío y me trasladé a disfrutar de la playa.

Por momentos me dieron ganas de volver por donde había venido y seguir con mi rutina, pero al llegar a una esquina me reflejé en un espejo y vi como la sombra de lo que fui salía despavorida, por lo que no lo dudé y decidí vivir sin miedo en la Calle De Los Cambios, asumiendo el riesgo de que podría ser diferente al despertar cada mañana, pero sabiendo que sería un poquito más grande en experiencias pasadas.

sábado, 26 de noviembre de 2016

CAFÉ SIN LECHE


La taza de café había ido envejeciendo a un ritmo demasiado acelerado, en su interior se sentía joven, pero las pequeñas grietas que empezaban a estropear su belleza infantil dejaban al descubierto el paso de los años.

Algunas mañanas gemía en la más estricta intimidad, sobre todo cuando estaba guardada en aquella alacena y veía como los humanos elegían otros modelos más modernos para desayunar. No podía evitar hacer una comparación, las nuevas no tenían curvas y eran simples a primera vista; ella, sin embargo, poseía un sinfín de carreteras y ochos enredados que dibujaban figuras inventadas por alguna mente inquieta que no se conformó con ser uno más. Esa persona, simplemente, debió de ser especial.

Además tenía un secreto, poseía un diario en el que escribía cada vez que dejaban en su fondo posos de café. En él plasmaba sus sueños, sus anhelos, sus miedos y sus ganas de no crecer...

En una de sus páginas podía leerse una historia que podría parecer inventada pero era real, se notaba que le temblaba la mano cuando la escribió: había pequeños borrones de color marrón intercalados con gotas de agua secas, esa era la prueba más clara de que no estaba sola en ese momento, porque en mi mundo, las tazas escriben y sienten, pero lágrimas no fabrican, sus cuerpos son de cerámica y el agua no se impregna, simplemente resbala y después se seca.

Contaba que algunas noches la despertaba el frío de unas gotas de lluvia y que al mirar hacia arriba se veían relámpagos y centellas. Le costó entender el motivo de esa visita tan continua, pero logró encontrarle un sentido: la lluvia llenaba todo su espacio como antaño la leche lo hacía y los pequeños granizos que de vez en cuando caían le proporcionaban el placer recurrente que hace años el azúcar le producía.

Y parece ser que fue así como la taza encontró la manera de llenar su vacío y el nubarrón de vaciar su desbordante vida.



viernes, 11 de noviembre de 2016

EL CAPITÁN AMÉRICO & LA PRINCIPITA



La Principita estaba sentada en su mesa favorita, era viernes y durante el último mes había adoptado la costumbre de salir a cenar sola cada fin de semana puesto que estaba a punto de despedirse de aquella pequeña ciudad que la había acogido con los brazos abiertos. Deseaba esa soledad elegida, aprovechaba esos momentos para observar a su alrededor, sonreía si notaba bondad y se afligía ante la maldad.

El Capitán Américo apareció ya pasadas las once de la noche. Echó un vistazo rápido al salón y, sin pensárselo, se dirigió hacia la silla vacía que estaba junto a La Principita. La miró directamente a los ojos y supo que sí, que ella aceptaría su acompañamiento, que ella lo comprendería, que ella era diferente. Lo supo sin tener que utilizar sus poderes, tan solo por cómo miraba y por cómo vestía.

El Capitán se deshizo de su escudo, el trayecto que este siguió sólo lo supo interpretar La Principita, como todo el mundo sabe ella mantenía su visión de cuando era niña, y vio muy claramente cómo proyectó en el aire una interrogación muy enroscada, de esas que guardan las preguntas que nunca han sido contestadas.

Le sirvieron el primer plato a él cuando ella ya iba por el postre. Aun así su rapidez a la hora de vivir y la lentitud de La Principita, hizo que se juntaran las mousse de chocolate blanco con guinda incluida.
Y resulta que a ella no le gustaban los frutos rojos, pero nunca había encontrado la forma de deshacerse de ellos en medio de tanto gentío. Él lo intuyó y le acercó su plato: todo lo que a ella le sobraba, él lo quería.

No pidieron café, se les echó el tiempo encima contándose detalles de sus interesantes vidas: los viajes de ella, las luchas de él, el por qué de la ropa holgada de La Principita y el por qué del ajuste de la del Capitán Américo, el motivo de su soledad en ambos casos, los planes de futuro, los hechos del ayer.

Él tan grande y corpulento, ella tan pequeña y efímera, coincidieron una noche entre el gentío y ese día tejieron un hilo rojo que, aún en la distancia, les unirá toda la vida. Sólo tienen que cuidarlo y seguir tejiendo un poquito cada día. 

Los opuestos se atraen, eso decían. Sin embargo no lo eran tanto, en el fondo se parecían; La Principita llevaba toda su vida buscando estrellas y El Capitán llevaba una tatuada en su escudo que lo cuidaba y lo protegía. El Capitán, sin embargo, buscaba salvar a gente de los monstruos de la vida. Desde que la vio por primera vez se dio cuenta de que a ella le perseguía uno constantemente, monstruo que desapareció desde el momento en que supo que él siempre la protegería.






lunes, 24 de octubre de 2016

LUNA

De la red
La noche en la que la luna empezó a desparramarse sin motivo empezaron a sucederse hechos extraños aquí en La Tierra. Las mareas dejaron de marearse y comenzaron a viajar sin tener que tomar pastillas, las sirenas comenzaron a andar y perdieron sus escamas como quien pierde a la lotería, las medusas cesaron de picar y empezó a hacerlo un sencillo calamar que acabaría metido en una lata con una espesa salsa amarilla.

Los caracoles con orejas del pasado empezaron a tener sentido, necesitaban dónde sujetar sus lentes, ya que perdieron vista, olfato y hasta oído.

Las flores dejaron de tener color y se proyectaron en el espacio como un holograma predeterminado, estaban pero no eran, eran pero no estaban. Los amados dejaron de ser románticos, porque no había con qué elaborar los ramos. Las palabras dejaron de tener sentido y los besos junto a los abrazos, quedaron muy devaluados.

La lluvia empezó a caer hacia arriba, se formaban nubes submarinas que provocaban borrascas que entraban por el este y anticiclones anclados en el norte. A su vez, el sur y el oeste sufrieron inviernos gélidos y veranos fríos, respectivamente.

El sol empezó a tener problemas de autoestima, el espejo en el que se reflejaba dejó de mostrarle su cara cada día. Dejó de maquillarse, dejó de pulir su estela, empezó a crecerle pelo y a La Tierra cada vez llegaban más y más sombras sin sentido que sumieron a la población en un letargo absoluto por las mañanas y a la actividad frenética cuando daban las tantas.

Los niños se hicieron adultos y los adultos se hicieron niños. Las niñas se volvieron más niñas y las mujeres abuelitas. Dejaron, por lo tanto de haber madres o personas en cinta, el mundo se libró de los llantos y las cigüeñas, sin trabajo, pasaron a ser pájaros no de tercera, sino de quinta.

Los lobos ya no aullaban desesperados a la luna, se sentaron en las colinas a observar el espectáculo que desde allí se veía, y entre ellos cuchicheaban, gritaban, se decían lo que era un secreto a voces y ellos ya sabían: la luna no soportó más las vistas y prefirió derretirse y convertirse en gas, antes de seguir alumbrando las noches de nuestro hogar. 

viernes, 14 de octubre de 2016

PARCELAS ROSAS

De la red
Sentada cómodamente mirando al infinito percibí un ligero movimiento ondulatorio al fondo y agudicé la vista para intentar descifrar quién era el desconocido que me observaba a escondidas, sin mostrar su rostro, sin decir su nombre, sin silbar al viento o cantar al sol.

Se me hizo el mundo muy pequeñito desde entonces, ese en el que estábamos solos él y yo. Una parcela de tierra pintada de color rosa, en la que a cada paso que dábamos crecía una flor. Esa flor daba olor, ese olor atraía a las abejas, las abejas fabricaban miel y la miel nos servía para hidratarnos la piel y que estuviera suave en el momento de las caricias. 

Un día cayó una tromba de agua y el color rosa se volvió azul. Fue así como nos dimos cuenta de que cualquier agente extraño que entrara en nuestra parcela cambiaría las cosas. Las flores se blindaron de espinas y dejaron de emitir olor, los caracoles subieron por sus tallos llenándolos de babas y apagando su brillo y su color. Nuestra piel empezó a resquebrajarse, al tocarnos sentíamos picores, teníamos rojeces y supimos, al instante, que eso era lo que se llamaba dolor. 

Pensamos entonces qué hacer con él, ponerle uno o dos apellidos y llamarlo de usted, sacarlo a la calle a pasear hasta que le sangraran los tentáculos o meterlo en la cama y darle ibuprofeno.

Al final premeditamos un asesinato con alevosía y nocturnidad: lo metimos en una bolsa mientras dormía y lo soltamos envuelto en hojas de lechuga en la parcela azul. Las babosas y los caracoles hicieron su trabajo y al amanecer el dolor no existía, era solo un hueco en nuestras vidas.

Volvió la parcela rosa, los atardeceres furtivos, las miradas perdidas, volví a percibir el movimiento ondulatorio y sonreí al desconocido. Construí colmenas para las abejas y alejé a los caracoles tirándoles de las orejas.