miércoles, 11 de julio de 2018

VERANO

De la red
Quiero ser verano toda mi vida. Brillar como el sol muchas horas al día y disfrutar de las noches cálidas desde ahí arriba. 

Ser gota de agua salada del mar más cercano, grano de arena de la playa mejor escondida, incluso quiero ser medusa con tentáculos paralizantes para así poder observar a mi antojo con libertad y pericia.

Deseo ser sandía llena de pepitas, melón con piel de sapo o paraguaya bien aplastadita, tenedor de madera, ensaladilla rusa, gazpacho andaluz o sopa castellana al revés, bien fría.

Sandalia de tiras, sandalia de cuña o sandalia elegante y fina. Laca de uñas de color coral, piedra pómez para eliminar células muertas, tirita de color carne o pezuña de oveja paseando por una florida huerta.

Ser cerveza fresca o tinto de verano, silla de terraza o servilleta en mano. Fiesta de tu pueblo, verbena pachanguera, Paquito el chocolatero, fiesta de la espuma y si se me apura, hasta atracción de feria.

Y por último, quiero ser madrugada del mes de julio, canto de pardal joven o ladrido tempranero de perro viejo. Beso suave y abrazo eterno, susurro al oído diciendo "te quiero".



jueves, 28 de junio de 2018

CON BISTURÍ

De la red
Una vez más me prestaste tu bisturí para que me abriera en canal y mirara dentro. Sueles dejarlo al alcance de mi mano de vez en cuando, quieres que no olvide que la introspección duele, que puedes encontrarte con lugares apartados sin buena reputación o con murciélagos rabudos que alimentan a sus crías con la sangre que brota directamente del corazón.

Aquella tarde vi más de lo que quería ver, sentí menos de lo que quería sentir, agradecí a mis adentros por su capacidad de aguante y reprobé a los nervios para que no se repitan los tembleques en los momentos clave.

Como la hoja del bisturí cauterizó la visión periférica, dejé apartado lo mediocre y me centré en una zona donde había mucho movimiento, resulta que algunos órganos se habían reunido en asamblea y discutían en diferentes idiomas... culpa mía, lo sé, últimamente me comunico conmigo misma en lenguas extranjeras.

Pude oír vocecillas agudas queriendo dejar claro que debía tomarme un descanso, pero otras más graves insistían e insistían en seguir con ese ritmo frenético que casi me ha noqueado. 

Lejos de sorprenderme pillé la indirecta enseguida, dejé de mirar adentro y me propuse sentir afuera. Con mucho cuidado cosí la herida, dejé el bisturí a un lado y comencé, por fin, a tomar las riendas.              


lunes, 11 de junio de 2018

PESADILLOSAS PESADILLAS

De la red
Últimamente tengo pesadillas pesadillosas, de esas en las que entras en un bucle sin salida y dentro de la angustia te vuelves a angustiar. Consiguen que dé tantas vueltas en la cama que me levanto con el pelo formando una curvatura ondulada, las manos me tiemblan como a un niño tras hacer una trastada y mi corazón late tan rápido, que tengo que acariciarlo un poco para que me devuelva el aliento y se quede de nuevo en calma.

Creo que esos entes oscuros, feuchos y enredados son el cúmulo de todo lo que está por ahí enquistado. Voy a tener que hacer limpieza profunda, desinfectar los huecos y hablar seriamente con las larvas y las bacterias porque creo que será positivo poner ya de una vez las cartas sobre la mesa:

La primera será parecida a un as de bastos, la que ponga límites y fronteras que no serán sobrepasados sin una identificación exhaustiva y completa previa.

La segunda vendrá precedida por el rey de espadas, ese que con la puntita bien afilada señala y dirige a las visitas menos deseadas.

La tercera corresponderá al tres de oros, el que pone el sello de garantía para asegurar la calidad de los sueños y la ausencia de pesadillosas pesadillas.

Y la cuarta, el siete de copas. Por aquello de invitar al amigo cuando compartes mundo onírico, aquel sitio donde todo es festivo, donde el negro da paso al azul y la oscuridad al brillo.


miércoles, 30 de mayo de 2018

MI ANCLA

De la red

Recuerdo haber pasado varias horas haciendo cola sobre aquella cinta transportadora que nos llevaba a todos hacia el mismo lugar. Como si de un trabajo en serie se tratara, piezas de un mecanismo que hay que montar, estábamos quietos y callados, esperando nuestro turno sin quejarnos ni molestar.

Desde lejos pude ver, con cierta dificultad, que nos imprimían en la piel un código de barras que se diluía nada más llegar. Por lo que cuchicheaban a mi espalda llegué a la conclusión de que sería una forma de controlar nuestros pasos, para poder así juzgarnos al final de la vida y decidir sin complejos lo que merecemos, ser recordados o tristemente olvidados.

Al llegar mi turno, me miraron de arriba abajo, fruncieron el ceño y me asignaron un barco de papel con un ancla de corcho pintado a  propósito para parecer de hierro.

Si pretendían que lidiara mil batallas con esas armas tan infantiles creo que intuyeron astucia, porque lo que es en logística no invirtieron. Altiva y enfadada, me fui de allí con mi barco bajo el brazo y el ancla arrastrando por el suelo.

Y es curioso, porque con el tiempo lo he comprendido. Mi destino era viajar despacito, sin motores que contaminen ni ruidos que produzcan escalofríos. Así lo he utilizado, cruzando mares aprovechando las corrientes de aire y secando el barco al sol a la vez que reparo sus agujeritos.

El ancla, mi ancla, me enseñó la lección de no quedarme quieta durante mucho tiempo en ningún sitio. La quietud te corrompe, destroza tu aspecto y te mata por dentro, es por eso que la cuido, la limpio y le saco mucho brillo. Un secreto nuestro es que por las noches nos contamos cosas al oído: yo le hablo de mis miedos y fobias y ella me confiesa sueños prohibidos. Después me acuna entre sus ganchos y me consigue calmar, entonces yo le prometo que algún día será tan fuerte que no tendrá problemas, si así lo desea, para aferrarse al fondo del mar.


lunes, 30 de abril de 2018

CRECIENDO

De la red

Abrí aquel libro atraída por la curiosidad, porque no era solo un conjunto de hojas con letras, era la historia de una vida, quizá de dos, quizá de tres, quizá de más...

Pesaba mucho y tenía humedad, puede ser que estuviera lleno de lágrimas envasadas, de piedras tropezadas, de lastre putrefacto o de sueños sin realizar.

Al dejarlo sobre la mesa soltó un bufido y di un respingo. Fue inesperado, ruidoso, algo mal dirigido y con una intensidad tan exagerada que mi pelo ondeó cual bandera en lo alto de Sierra Nevada.

Aún así, comencé a leer las primeras páginas de inmediato: nacimientos, infancias, juegos, amoríos. Después desengaños, ladrones, brujas mal maquilladas, necios y duendes traviesos. La historia estaba unida a otras muchas historias gracias a las raíces tentaculares que poseía, porque según leía y pensaba, un árbol crecía.

Llegué a la conclusión de que yo misma estaba alimentando a ese árbol tan extraño, yo más todos los que me querían. Cada uno fue añadiendo más vegetación a la historia de mi libro: unos rosas, otros cardos. En poco tiempo me encontré en medio de un bosque lleno de peligros, pero como había leído tanto y había pensado mucho, fui capaz de construirme una cabaña en lo alto de mi árbol, ese al que vi crecer, ese al que seguramente yo también bufé.

viernes, 6 de abril de 2018

BUEN PROVECHO

De la red
Viajamos a la deriva la mayor parte del tiempo recibiendo golpes de mar que vienen acompañados de sal marina y de mejillones viejos. Nos mareamos y vomitamos cuando, empeñados, damos vueltas y más vueltas alrededor del mismo coral, de la misma piedra o de ese apetitoso mero.

Preparamos la maleta cuidadosamente creyendo que sabemos hacerlo. Pero cuando llegamos a nuestro destino nos falta agua, nos sobra sed y se nos olvidó meter aquella alarma que nos avisa cuando comienza el fuego...

...entonces llego a casa, me quito los zapatos y decido empezar a darle uso a todos y cada uno de los tropezones que me he encontrado por el camino. Por lo que después de avivar el fuego, cuezo en agua salada los mejillones y salo el rico mero. Los corales los aliño con aceite y vinagre de vino y así la ensalada de piedras parece un plato cinco estrellas, pero eso sí, sin Michelin de por medio.

A los golpes los relleno de carne y los meto en el horno a fuego lento, los cocino igual que las berenjenas de mi abuela, más que nada porque comparten el color morado y además tenía la receta en la encimera.

Y por último cojo a la sed y la mareo un poquito. De aquí me sale un postre digno de superar la deliberación del mejor crítico pastelero: "Remolino sin humedad con esencia de romero". 

P.D. El romero lo saqué de aquella gitanilla de Sevilla que me predijo un día un gran viaje y una próspera vida.


miércoles, 14 de marzo de 2018

PERDICIÓN

De la red

Esta es la historia de la perdición, el destino de una palabra aguda acabada en n y con tilde en la o.

Papá Imperdible conoció el amor durante una tarde ventosa, su trabajo le llevó a enganchar aquella tela que se escapaba como seda de su obligada ocupación. Después de acomodarse en su nueva postura miró hacia los lados y allí la vio: resultó ser la imperdible por la que más tarde él perdería la razón.

Sus perfiles estaban rectos, su acabado brillante y cegador, su enganche hacía un ruidito tan diferente que provocaba miradas y cuchicheos cada vez que se unían sus extremos.

Su nombre, Adición. Era conocida en el costurero por atraer alfileres hasta su casa para sumarlas y volver a sumarlas y así calmar su ansia por añadir alimento a su vida interior.

Después de unos meses intensos, Imperdible y Adición tuvieron a Perdición, un imperdible tierno y extremadamente pequeño, que les trajo de cabeza desde el día que nació.
Cuando buscaron su nombre llegaron a un acuerdo tácito: pones cinco letras tuyas y otras cuatro las pongo yo. Creo que no se dieron cuenta de que así llegaba a sus vidas una palabra que acabaría con todo lo que tenían.

Y así sucedió, condenaron eternamente sus vidas a enganchar un par de cortinas de donde no volvieron a bajar. Mientras tanto Perdición jugaba al escondite con las agujas y las bobinas del costurero sin sentir ningún tipo de presión: sabía que nunca se perdería gracias a su padre y en la vida sólo sumaría porque su madre había sido, simplemente, la mejor.