domingo, 30 de diciembre de 2018

IDA Y VUELTAS

De la red

Hice las maletas como el que se prepara para volver a nacer. Tuve que meter ropa usada, libros leídos, brillo de labios un poco apagado, todo lo necesario para comenzar de cero, pero sin olvidarme de ti.

Y es que eres especial: un puntito rojo en el cielo azul, una chispa ardiente más bien helada, una carcajada en medio del lloro infantil, una especie de querer-te-quiero sin podérnoslo decir.

Durante mi larga estancia fuera aprendí a vivir, cubrí mi cuerpo de tatuajes durante los veranos y los inviernos los pasé estudiando otras formas de sentir, desde los que pinchan el alma al recordarlos, a los que te cambian la manera de discernir.

La maleta cambió de color, el tamaño disminuyó, cada vez que viajaba traía paquetes con minutos cargados de tiempo y me deshacía de traumas polvorientamente viejos. El tiempo lo empleé en mí y por tanto envejecí por dentro, pero por fuera me mantuve joven, lo que despista a cualquiera que quiere ponerme un nombre.

Los libros leídos los volví a releer, saqué conclusiones nuevas y después los regalé. Creo que se sienten licenciosos desde que los dejé andar, al fin y al cabo las historias están hechas para hacernos soñar con la ansiada libertad.

Ahora mi brillo labial no deja de centellear, emite llamativos mensajes en morse que deberán ser traducidos por todos aquellos atrevidos que dediquen sus días a descifrar a lo que mi maleta repleta de sitio se ha comenzado a dedicar.


martes, 27 de noviembre de 2018

VENENOSA





De la red



Sshhhh, soy una seta venenosa que atrae a sus presas haciéndose la víctima. Tengo muchas pecas que parecen lesiones, raíces poco profundas y una delgadez preocupantemente extrema que me obliga, en ocasiones, a tener que desafiar a los mirones.

Elijo objetivos complejos: a esos que se consideran eruditos micólogos sin serlo, a los que investigan el fascinante mundo de los hongos, a los cocineros que nos cocinan y a los gnomos que se quieren venir a vivir dentro.

Mi táctica es sencilla, cubro mi sombrero con polvo del camino, subo el anillo unos centímetros con mis manos, adopto la postura altiva de la amanita purpúrea y me estiro como nunca cuando oigo pasos cercanos.

Y cuando me metes en la boca aparezco, mi apellido es muscaria y provoco muchos efectos adversos. Tú te sientes mal sí, pero yo disfruto al rozar tu paladar, al soltar un poquito de veneno, al paralizar durante unas horas la necesidad de buscar fuera lo que ya está dentro.

Sshhh, creo que se me pasó por alto un detalle importante, llegados a este punto yo muero, al fin y al cabo sólo soy un ente parasitario que se desarrolla en ambientes putrefactos. Y ahora que estoy aquí lo he descubierto, resulta que tu hábitat es todo lo contrario a estar muerto.

miércoles, 24 de octubre de 2018

MI LUCIÉRNAGA


De la red

Estaba escribiendo una nota importante un día y no dejaba de romper los folios porque las palabras que necesitaba plasmar no surgían. Parecía que las letras saltaban de un lugar a otro y cambiaban el significado del mensaje. Remarqué una y otra vez el destinatario, me tomé unas cuantas infusiones y hasta me puse las gafas de cuando iba al parvulario no siendo que mi ojos estuvieran sufriendo una regresión a la infancia y acabara por olvidar hasta el color de las naranjas.

Se oyó entonces un golpecito suave en la puerta de entrada. Cuando la abrí observé frente a mí a una luciérnaga bastante apagada. Cargaba en su minúscula espalda una especie de paquete que abultaba más que ella, mi instinto me llevó a ofrecerle mi mano, ella se posó y fue ahí cuando decidí hacerle una cama bien mullida con algunos calcetines viejos y un poquito de algodón.

Pasó unos días estable y unas noches complicadas, a ratos nos mirábamos a los ojos y entonces la intensidad de su luz subía, pero a la vez se iba apagando la artificial que me rodeaba. No sé si eran celos o equilibrio natural, pero estaba claro que esas dos luces no podían convivir sin acabar mal.

Decidí no volver a encender las bombillas, perdí el hábito tan cansino de tocar los pulsadores, pero por otro lado me tropezaba cada noche con los muebles, consecuentemente mis dedos de los pies terminaron con forma de emes y hasta de eses. 

Me di cuenta de que para ver no necesitamos mucha luz una noche cuando mi luciérnaga, ya recuperada, me acompañó a escribir la nota que tenía pendiente. Antes de enviarla volví a leerla, resulta que sólo tenía dos palabras, - suficientes, dijo ella, - necesarias, dije yo. Creo que el exceso de luz me cegaba y gracias a "luci" recuperé la visión.


sábado, 29 de septiembre de 2018

SUCEDÁNEO

De la red
Después de viajar durante una temporada larga subida a una nube esponjosa y acolchada, una tormenta otoñal me hizo bajar de golpe como si formara parte del conjunto de gotas aleccionadas para regar las calles, los campos o los fuegos que se formaban en los suburbios más profundos del infierno.

La caída fue dura, yo que me creía fuerte comprobé la fragilidad de los huesos. Ellas se apoyaban en sus moléculas de hidrógeno, rebotaban y daban saltitos mientras que un sucedáneo de mí misma intentaba gritar sin ser oída, porque las gotas de agua son sordas además de ser exageradamente presumidas.

Y así fue como pasé del cielo al suelo, unos cuantos segundos y tu vida se reduce a un montón de escombros. Pasas a vivir en la sombra detrás de la gota reina, la que dirige tus pasos, la que te alecciona, la que te instruye, la que te hace una permanente en el pelo y a la vez te lava con lejía el cerebro.

Perdí mi forma, mis colores, mi idioma. Me convertí en una copia de todas las copias de aquella milagrosa primera gota, la que cayó sobre la Tierra para probar su textura y dio pasó después a aguaceros, riadas, ciclones y huracanes. La que formó los ríos, los lagos, los cabos, los golfos y los meandros. Fui parte de ese fenómeno cíclico en el que de repente estás arriba, abajo, cayendo o ascendiendo. 

Soy, en definitiva, un sucedáneo de mi yo más imperfecto.


martes, 18 de septiembre de 2018

CEGUERA TRANSITORIA

De la red
Creo que la contaminación atmosférica que me rodea me provocó una ceguera transitoria. Dejé de ver las cosas con sus arrugas o sus formas y empecé a percibirlas bajo una niebla espesa que tapaba la esencia virginal de la mirada inocente que hasta entonces me acompañaba a donde quiera que miraba u oteaba.

Tuve que apropiarme entonces de una serie de aparatos que hasta entonces me eran desconocidos. Hablo de lupas, anteojos, gafas de pasta, para las cosas pequeñitas microscopios científicos y en las más grandes y complejas, enormes y caros telescopios acertadamente llamados astronómicos.

Esta situación tan engorrosa hizo que me acomplejara a cada paso que daba, en vez de pasar desapercibida las miradas ajenas me apuntaban, o eso intuía, porque iba yo muy centrada mirando donde pisaba o en qué agujero me caía.

Tan cegada, tan caída y tan acomplejada llegué hasta la puerta de un oculista especializado en casos extraños. Había rehabilitado a ciegos que no sabían que veían e incluso le dio visión a cada topo con el que se cruzaba cuando su trabajo se lo permitía.

Fue darme la mano y recuperé un porcentaje medio de visión periférica. Me desprendió con mucho cuidado de los aparatos y pude alzar por fin la cabeza. Me acompañó hasta una colina y me obligó a respirar a pleno pulmón. Fue milagroso, recobré de golpe la vista y además la adornó con confeti y brillantina a todo color.



jueves, 6 de septiembre de 2018

POLVO CÓSMICO

De la red
A unos cuantos angelitos curiosos les dio por revolver el polvo cósmico. Y yo, que últimamente no duermo por las noches a pierna suelta y me paso las horas mirando al cielo, creí ver una lluvia de estrellas furtivas.

Empecé entonces a pedir deseos con nocturnidad y alevosía un poco así a lo loco y curiosamente, según los pedía, se cumplían. Pero de inmediato llegaba el sueño y estuviera donde fuera que estaba dentro de mis deseos, caía rendida y me dormía. 

Todos los pequeños instantes de los que disfrutaba durante la noche por el día se evaporaban. Creo que se produjo el efecto contrario y empecé a notar que cada vez tenía menos deseos matutinos, menos necesidades innecesarias, más momentos simples que me nutrían y me alimentaban.

Fue así como los angelitos se fijaron en mí y después de estudiarme a fondo pasé a ser una candidata perfecta para la próxima temporada de la recolección anual de polvo interestelar, ese que se encuentra entre las estrellas, ese que es tan delicado que si estornudas lo desaceleras. 

Y de momento estoy haciendo las prácticas: texturas, colores, temperaturas, materiales inflamables, riesgos laborales... todo aquello que me sirva para entender mi trabajo y que me ayude a desear deseos concedidos por angelitos alados.

lunes, 27 de agosto de 2018

DE PESTAÑAS CONGELADAS


De la red


Nunca imaginé que el estado de congelación se contagiara. Solo soy una pestaña larga que nació en el ojo izquierdo de una humilde dama. Gracias a que siempre los tenía bien abiertos adquirí una estilosa curvatura que me ayudaba a tener las mejores vistas durante las mañanas. Pero al llegar las noches censuraba el contacto y empecé a desarrollar escarcha en la puntita, dejé de sentir el viento y una rigidez extrema me paralizó hasta la raíz, esa zona tan íntima.

De repente a mis compañeras les fue sucediendo lo mismo, una reacción en cadena que nos convirtió a todas en una copia exacta de las miles de pestañas congeladas que vagaban por el mundo entero.

Con la poca flexibilidad que me quedaba hice un esfuerzo inmenso para intentar encontrar los porqués, que yo supiera no vivíamos ni en el Polo Norte ni en el Polo Sur, de hecho el sol brillaba cuando salíamos a hacer aquellos tours.

Una mañana temprano la dama se preparó un café, llamaron al timbre y al cruzar la puerta apareció él. Se fundieron en un gran abrazo y fue curioso lo que pasó: el hielo desapareció, durante unos leves segundos fue el fuego el que nos recorrió.

Y se cerraron los ojos y se llenaron de sueños. Y se sintieron seguros y se curaron los miedos. Y por arte de magia se instauró el verano desbancando a patadas al duro invierno. 

Pero fue querer hablar de amor y los dos se congelaron. Yo, como pestaña de dama que soy, comprobé en mis propias carnes cómo fue subiendo el frío, cómo nos paralizó y cómo se apagó el fuego y el torbellino.

Dos personas que son capaces de quemarse y de helarse en cuestión de minutos son los mismos que desean una y otra vez pasar por esos estados tan dispares porque son adictivos y únicos. Mientras tanto nosotras jugamos a la nada, al fin y al cabo no somos más que un puñado de pestañas congeladas.