viernes, 10 de abril de 2015

ALIANZAS

De la red

A Caperucita le habían enseñado que el bosque era un sitio lúgubre, feo y peligroso. Vivió su infancia rodeándolo una y otra vez. Algunos días se acercaba lo suficiente como para meter la cabeza entre las hojas de aquel viejo árbol centenario y creía ver color, observar el vuelo de las mariposas más bellas del lugar y escuchar cantos armoniosos que provenían de gargantas desconocidas.

Creció, Caperucita perdió la inocencia y un día primaveral del mes de mayo, decidió ir a coger frutas de temporada. Pensó que ya era hora de buscar nuevas especies dentro del bosque, y aunque le temblaban las piernas, se armó de coraje y empezó a andar.

La luz se colaba entre las ramas de los árboles, que proyectaban figuras imposibles en el suelo lleno de barro y helechos verdes. 

De repente, sus ojos sufrieron una transformación y por arte de magia ante ella se mostró: era el lobo del que hablaba la gente, ese animal peludo que se comía a las personas que osaban cruzarse en su camino, ese que utilizaba los huesos más finos para hacer en sus ratos libres miles y miles de palillos, ese que tenía unas garras tan afiladas que partía la carne sin esfuerzo y que si quería, podía bordarla.

Ella no lo percibió así, ella vio tan sólo a un ser vivo, cuya mirada le decía que necesitaba intercambiar unas palabras, que quería explicarse y compartir lo que llevaba dentro, que lo habían juzgado un día sin preguntarle ni conocerlo.

Desde entonces y hasta hoy en día, cada tarde pasan un rato juntos. Caperucita descubrió que el lobo no construía palillos, que era vegetariano y que tenía poco pelo, pero muy suave y acondicionado. 
Pudo conocer el bosque bien a fondo y se bañó en aguas cristalinas, observó de cerca el vuelo de las libélulas, comió bayas dulces y nutritivas...

"La mayoría de la gente está ciega y vive equivocada" -dijo un día el lobo, "transmiten sus miedos y su propia mirada a sus hijos, sin ofrecerle la amplitud de caminos que tenemos ante nosotros".

Esa tarde una lágrima cálida brotó de sus ojos, por fin tenía una aliada en ese difícil mundo que él había elegido: el bosque que desde fuera se veía triste y oscuro, pero que dentro tenía más vida que en la mayoría de edificios repletos de mujeres, niños y maridos.


10 comentarios:

Noelplebeyo dijo...

el lobo es un lobo para el hombre.

yo soy león. Qué se le va a hacer.


un lobo vegetariano....como que no

AtHeNeA dijo...

Una reflexión excepcional.
Y es que las cosas no son como son sino como nosotros las vemos.

Mi abrazo de luz.

Juana la Loca dijo...

un post muy interesante y lleno de razón.... esta maldita sociedad que nos encajona mentalmente....
besos guapísima!

RECOMENZAR dijo...

de vez en cuando es bueno encontrarse con el lobo
te saca de la rutina
:)
abrazo

Ingrid Dietrich dijo...

Un pequeño cambio de perspectiva y ¡Cómo cambia el paisaje! :-)

María dijo...

Entre lobos y leones anda el asunto.

Besos.

María dijo...

Y muchas veces distorsionamos la realidad.

Abrazazo.

María dijo...

Desencajonémonos!!!

Besazo.

María dijo...

Y te puede hacer vivir una nueva realidad!

Un abrazo.

María dijo...

Es que mirar desde el otro lado abre mucho la perspectiva.

Abrazo inmenso.