La mayor fortuna de las sirenas es que son dueñas de su libertad.
Vivió con esa sensación hasta que el amor llamó a la puerta, de la noche a la mañana se instauró dentro de ella una frontera que acortaba sus brazadas debajo de mar. Perdió la esencia de lo que un día fue y abandonó la idea de realizar esas excursiones en solitario que le servían para descubrir nuevos lugares donde sentarse a admirar todo lo que ella anhelaba conocer.
El faro se lo contaba noche tras noche. Ella salía a la superficie y tapaba el frío de sus hombros con su pelo largo y abundante, colocaba cuidadosamente la cola para no perder ninguna escama, era tremendamente presumida, y esperaba hasta que subía la marea.
Entonces el faro se iluminaba, su luz iba y venía y con ello logró crear un lenguaje único que sólo su sirena sabía interpretar.
Creía ella, gracias a su ingenuidad, que a ratos le guiñaba un ojo, por lo que todo lo que venía detrás lo leía como entrecomillado, dándole después el toque de humor necesario para acabar la jornada esbozando cada día, un nueva y gran sonrisa.
Y caía rendida al amanecer, se dejaba arrastrar por las olas más caprichosas que la empujaban con suavidad hasta lo más profundo del océano, para que una vez allí, pudiera elaborar los sueños a la medida de sus necesidades.
Pasó el tiempo y su mirada se iba apagando, notó que los mensajes que recibía cada noche comenzaban a repetirse, las promesas no llegaban, los proyectos se desvanecían, su pelo perdió brillo y las escamas de la cola se resquebrajaban cuando la rozaban unas simples gambas o los tentáculos de una medusa.
Dejó de acudir a su cita diaria, durante esas horas derramaba litros y litros de lágrimas, lágrimas que al nutrirse de la sal condensada en esas aguas convirtieron al océano en una gran superficie de tonos plateados, en la que la sirena consiguió recordar que no le asusta desgastarse, porque es eterna y sabe que lo que hoy luce semiapagado, mañana brillará, que lo descolocado, se colocará y que las heridas abiertas, terminarán por cerrar.




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