viernes, 13 de mayo de 2016

PALABRAS

De la red

Pueden llegar a sonar como una bella melodía que fue compuesta en exclusividad aquella tarde lluviosa mientras observabas, sin perder detalle, las curvas que dibujaba mi cuerpo cuando dormía junto a ti.

Pueden pasar de largo, comenzar a existir sin un ápice de energía y terminar perdiéndose en el poblado cementerio de las "palabras sin decir".

Pueden nacer para rellenar vacíos, en cenas familiares, ratos de sofá, encuentros fortuitos, cientos y cientos de palabras encadenadas, sin paréntesis, comas, con muchas interrogaciones y pocas haches intercaladas.

Luego están las que llegan a este mundo para herir. Unidas al tono correspondiente, se las adorna con mentiras y se les administra red bull para que además de piernas desarrollen alas. Esas son las que más rápido se propagan, las que hacen más daño, las que cambian tu forma de ver a las personas. No obstante, queda el consuelo de que son fáciles de descubrir, solo están construidas de cartón y silicona.

La mayor parte de las mías llegan a este mundo dibujadas en papel, palabras en una dimensión y con una única dirección que seguir. Para algunos serán pocas, para otros demasiadas, pero de lo que sí estoy segura es de que siempre son sinceras y sobre todo cautas.

Mientras la tormenta dure lo aconsejable es aplicarse a uno mismo el famoso dicho: "Guarda silencio cuando no tengas nada que decir".

He dicho.
  



domingo, 24 de abril de 2016

TEJIENDO

De la red

Llevo meses tejiendo en soledad un montón de retales que voy encontrando cada día según hago mi camino matutino.

Sin querer quedó con forma de corazón, creo que el inconsciente me jugó una mala pasada y mandó órdenes precisas y exactas sin que yo supiera su finalidad.

Lo acabé y lo cargué en mis hombros como si de una mochila enorme se tratara. Lo curioso es que debe tener GPS incluido, porque él mismo me iba guiando, me llevó hasta personas que necesitaban recambios.

La primera mujer que me encontré estaba sentada en un banco, no se sorprendió al verme, susurró que me estaba esperando. Su corazón llevaba años dándole punzadas, calambres y espasmos, me contó entre líneas que un gran amor así la había dejado, que él se llevó un trocito de aurícula izquierda sin su permiso y nunca más volvió a funcionar a buen ritmo.
Descosí el retal adecuado y se lo dejé con aguja e hilo, planchadito y bien doblado. Seguí mi camino.

Empezaron a venir nubes desde el oeste y comenzaron a gritarme, yo no entendía su dialecto pero prestando atención empecé a comprender que querían su parte proporcional de corazón partido.
Entre vientos huracanados me contaron que están hartas de no tener formas definidas, que la gente cree ver caras, animales o hadas madrinas, pero que son casualidades, siluetas que duran unos segundos y pasan a ser borrones sin sentido. Querían ser corazones, latir con fuerza y ser retratadas en los cuadros de los mejores pintores. Llegué a un acuerdo con ellas.

Al retomar el camino pensé que sería una buena idea verter lo que me quedaba por los ríos, así todos los seres, inertes y vivos, tendrían su trocito de corazón sin tener que pedirlo.

Y ahora cada vez que bebo agua noto en el lado izquierdo de mi pecho cómo se produce un pequeño salto y unos cuantos brincos. Se ve que yo también lo necesitaba, percibo que todos estamos lesionados o incompletos, es cuestión primaria buscar la cura o el trozo, el retal o el medicamento.

jueves, 14 de abril de 2016

DOS Y MEDIA

De la red

Alguien que me conoce muy bien ha dejado caer que soy afortunada porque mientras que a la mayoría de los mortales se le asigna solo una vida, yo ya voy gastando la segunda y media...

...y no soy gato!

Me identifico más como pez. Pez pequeño, independiente, sin ataduras mentales, con numerosas escamas que me protegen de los dientes afilados del enemigo, con visión periscópica que me hace prever lo que va a suceder, con una habilidad sorprendente para correr y desaparecer cuando las olas van picadas, con la fortuna de poner huevos y olvidarme de ellos hasta volverlos a poner.

En mi primera vida aprendí a nadar mirando siempre al frente, formaba parte de un banco de peces dorados. Íbamos todos juntos a todos los lados, yo en el medio, terminé sintiéndome en una lata, peor que mis amigas las sardinas, pues yo no iba a ser comida.

Comencé la segunda nadando a braza a contracorriente, creo que alcancé aguas revueltas, el color no era el mismo, azul marino mucho más oscuro de lo normal y allí no se podía ver bien. Aprendí a reconocer las siluetas según se acercaban, el riesgo más grande era encontrarte a un pulpo gigante actuando como comediante. Te fiabas, te reías y cuando menos te lo esperabas, soltaba su chorro negro de tinta y te devoraba en ensalada, como si fueras un simple tomate.

Y la media que queda, esta que ya llevo gastada, está resultando ser de lo más tranquila y gratificante. Una mañana me pescaron en un descuido, con el susto yo me desmayé. Al abrir los ojos me encontré entre cristales, no había olas, no había peces, no podía huir, pero de repente vi un gato desvirtuado que me miraba con unos ojos de deseo como nunca antes nadie lo hizo por mí. 

Entonces, solo entonces me di cuenta de que por primera vez era feliz. Se acabaron los peligros, se acabaron las corrientes, le atraía a otro ser vivo aunque, seguramente, nunca llegaremos a sentirnos. Pero gracias a mi memoria de pez, albergo cada mañana la esperanza de un encuentro fortuito que se desvanece cada noche cuando me pongo el antifaz para dejar de ver. 

Dos vidas y media, y solo soy un pez.

viernes, 1 de abril de 2016

SÍNDROME DE PURPURINA

De la red

Llevaba un tiempo sintiéndose mareada, a ratos el mundo que ella veía daba vueltas, lo que antes estaba arriba ahora estaba abajo y como curiosidad destacar que últimamente, cuando descansaba, lo hacía en posición de ovillo, y descubrió que estaba de un calentito...

Comía poco, bebía agua, tenía sueños repetitivos en los que volaba. De repente le crecían unas alas inmensas con colores chillones que le costaba dominar al principio. Pero a eso de las cuatro de la madrugada ya planeaba, no proyectos futuros, sino que sentía cómo el aire la sujetaba con sumo cuidado, besaba su boca y limpiaba su alma.

Su malestar aumentó, fue consciente de quién lo producía una mañana al cruzarse con él cuando salía de la cafetería. Su corazón empezó a propinarle martillazos a su pecho, se ahogaba por momentos y un pinchazo muy certero aparecía en medio del pendiente de su ombligo, obligándola a curvarse hacía el suelo, sin poder levantar la vista para grabar en su mente el color de sus ojos prohibidos.

Decidió ir al doctor, la examinó con paciencia y le preguntó el motivo de su ligera levitación.

¡Ella ni siquiera lo había notado! ¡Era cierto, no pisaba el suelo, ahora entendía las miradas curiosas cuando bajaba las escaleras velozmente sin dar ningún respingo!

"Todo empeora cuando me cruzo con él", fue decir estas palabras y el Dr lo tuvo claro, le mandó hacer una radiografía y aguardar un ratito en una sala de espera que tenía las paredes en colores claros.

Diagnóstico: Síndrome de purpurina.

Entonces las vió, cientos de mariposas volaban dentro de ella. Por eso levitaba, por eso se mareaba, por eso tenía sueños en los que planeaba, por eso no podía mirarlo a los ojos aunque su deseo era grande, resulta que sin haberlo buscado estaba enfermizamente enamorada.



domingo, 6 de marzo de 2016

TITIRITERA


De la red

Cuéntame una vez más la historia de la niña que soñaba con ser poeta. De cómo escribía en las paredes de su casa dejando desde muy pequeña su huella y su firma. De cómo le ataron las manos a la espalda para que dedicara su tiempo libre a otras cosas más provechosas, de cómo la apartaron de sus sueños y fantasías y la plantaron a la fuerza en medio de un mundo que ella no entendía.

Se movía con pies de plomo entre el bullicio y las malas caras matutinas, los días se le hacían grandes y las noches muy pequeñitas. Ese no era su sitio y ella lo sabía.

Una tarde aprovechó un descuido y se fugó, después de pasar muchas horas sentada en un banco mirando a la gente empezó a comprenderlo: su labor era estar arriba, mirar sin ser vista, aportar sin recibir sueldo o pensión, dedicarse a imaginar su mundo perfecto lejos del caos y de la imperfección.

Se mudó a las nubes, construyó una cabaña, por el día cerraba las puertas y ventanas y al llegar la noche, después de cenar ligero, se sentaba a pescar estrellas varadas. Llegaban hasta ella brillando con dificultad, las auscultaba, las pulía, vendaba sus picos heridos y, con mucho mimo, curaba sus heridas y les daba jarabe para la tos lunar.

Después de unos días de reposo las convencía para volver a lucir. Ella sabía que tenían miedo pero las empujaba con un ligero toque en su espalda sin que se dieran cuenta y en cuestión de segundos empezaban de nuevo a brillar.


Las organizó en una constelación especial, una tras otra, a una distancia predeterminada y sabiendo que todas eran antiguas estrellas varadas que hoy en día centelleaban más que nunca porque tenían unos hilos invisibles que las protegían de los agujeros negros y de las supernovas despistadas.

La niña que un día quiso ser poeta, terminó siendo titiritera de estrellas, de las que están lisiadas, de las que tienen traumas, de las que cuentan historias, de las que nunca se apagan.


viernes, 26 de febrero de 2016

LUZ

De la red


Aquella noche se fue la luz. De repente la oscuridad lo era todo y tuvimos que hablar más de la cuenta para poder situarnos en ese espacio desconocido, sin recovecos o esquinas donde escondernos.

Lo que empezó con un grito, acabó con besos en la boca. No existía la necesidad de cerrar los ojos, pero sin querer, ellos lo hacían. Siempre he mantenido la certeza de que así se diferencia el amor del deseo, el amor se siente por dentro, el deseo sólo llega a las afueras.

Los sonidos se amplificaron y las palabras que me decías las imaginaba como nubes de algodón flotando por el aire dándose la mano y comiendo golosinas. ¡Sonaban tan bonitas!

Pero la luz volvió, y con ella la realidad. Esa rutina que nos ciega la mirada y no nos deja palpar la piel o ponerle el acento a la sílaba adecuada.

Voy a sustituir las bombillas por piñatas, así cuando anochezca, la penumbra nos ayudará a romperlas. Cogeremos lo que se desparrame por el suelo y llenaremos hasta los bordes nuestros cofres de pequeños tesoros con derecho a compartirlos.

Las mañanas serán así más luminosas, los ojos sufrirán dolores extremos, pero el corazón latirá desbocado al descubrir que lo que se vivió por la noche fue realidad, no sólo un sueño.


martes, 9 de febrero de 2016

COSQUILLAS

De la red

Si las ovejas supieran que la lana que alguien esquila de sus cuerpos cada primavera está destinada a formar ovillos, cargarían con el peso de su cabello hecho rastas y fumando sustancias ilegales, mientras que sus conversaciones banales no pasarían de beees en español e inglés.

Si las moscas pudieran comprender que nos hacen cosquillas al posarse sobre nuestra piel, irían volando a comprarse zapatos con tacones muy altos, a ver si así notamos más sus pisadas y las espantamos a puñetazos con un motivo serio entre las manos.

Si la vida pudiera ser leída de antemano, se evitarían muchos disgustos, muchas riñas y muchos infartos. Pero dejarían de verse las caras de sorpresa ante lo inesperado, el brillo de los ojos de los niños frente a los regalos y la palabra adrenalina desaparecería de nuestro vocabulario.

Si las cuerdas perdieran de repente la capacidad de hacer nudos a diestro y siniestro, podrían servir para unir sin ataduras, el mejor de los compromisos, la de estar juntos porque se quiere, sin papeles ni banquetes.

¿Y si las ovejas pudieran volar como las moscas, y las moscas supieran de su breve vida, y la vida se dejara de ataduras y de cuerdas y las cuerdas estuvieran hechas de lana blanca y fina?

Pues las ovejas nos harían cosquillas con sus patitas y reiríamos a carcajadas, las moscas fumarían nuestros cigarros y beberían nuestro alcohol, las cuerdas dejarían de ser cuerdas y se volverían hilos de hilvanar y la vida sería mucho más alegre, pero sobre todo, mucho más sencilla y en ocasiones, más banal.