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| De la red |
Bum bum, bum bum, bum bum... podría sonar así el latido monótono de mi corazón. Sin embargo, de aburrido no tiene nada. Si hurgo dentro y separo bien las capas, encuentro restos y babas, señales de que hasta allí llegan los escombros de los días y sustancias naturales reelaboradas.
Por el ventrículo izquierdo encuentro agua salada. Últimamente visito tanto la playa que una noche sin darme cuenta bebí un sorbo rápido que desapareció como si nada. En este momento entiendo dónde fue a parar, resulta que esa parte de mi corazón estaba deshidratada y ahora gracias al agua está más flexible y gracias a la sal los domingos por la tarde canta y hasta baila salsa.
En la aurícula derecha hallo una rajita de limón sin exprimir. Aunque las señales no son muy claras, creo que se ha quedado a vivir allí para dosificar gotas de zumo ácidas cada vez que mi corazón se empalaga. Es una buena forma de contrarrestar las subidas peligrosas que se dan cuando empiezas a enamorarte o cuando te dan la estacada.
La aurícula izquierda duele, un cactus con varias espinas ha causado muchas úlceras y heridas. Mis recuerdos me trasladan hasta una cocina mexicana y decido freír unos nopales, para que el cactus vea lo que puedo hacer con él si no deja de atacarme.
El ventrículo derecho está amueblado, a estas alturas creo que vive alguien dentro. No quise indagar demasiado porque estaba todo limpio y muy ordenado, para qué voy a cambiar de inquilino si no tengo queja por el perro ladrando o por la humedad del vecino.
¿Pero, qué percibo? De repente veo que un osado saltador pretende lanzarse al vacío.
Mucho me temo que sin coraza de chapa para aguantar las espinas, sin botella de oxígeno para bucear en el agua y sin papilas gustativas extirpadas, no será capaz de llegar vivo hasta la mujer oculta que habita en la casa.






