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| De la red |
Quise esa tarde tan calurosa preparar un helado casero bien fresquito, y en vez de eso voy y cocino un ramo de flores viajero. De esos que se envían a cientos de kilómetros con tarjeta, lazos de colores, firma con dedicatoria y un montón de motivos escondidos.
Metí los tallos en un cucurucho de oblea salmantina, así estaban seguros, nutridos y le aportaban al ramo un aspecto de crujiente y dulce galleta suave y fina.
Avisé al cartero de que era material frágil, dentro de ese montón de flores iban mi afecto, mi cariño, mi recuerdo, algunas lágrimas saladas y un montón de dulces besos. Todo ello cubierto de hielo picado, que se sujetaba a duras penas entre un sinfín de espigados pistilos, miles de estambres y verdes sépalos.
Pasaron varias noches con sus días, el calor no me dejaba dormir bien y tenía una y otra vez recurrentes pesadillas que me obligaban a escribir relatos incongruentes, obras de teatro chiquititas, haikus y poemas variados que empezaron a empapelar los recuerdos de mi corta vida.
Cuando menos lo esperaba llegó la respuesta, el timbre sonó y allí estaba, ante ella, un ramo enorme de flores que tenía escarcha por fuera.
Alguien, en alguna parte del mundo hablaba su mismo idioma, ese en el que no hay reglas gramaticales, de ortografía o acentuación. Ese en el que los pálpitos te hacen creer en imposibles o ser mejores. Ese en el que al intentar hacer un sencillo helado, te sale un complejo ramo de flores.






