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| De la red |
Me incitaste a escribirte una carta un día, así de sopetón, sin pensar muy bien lo que decías ni valorar el peso de tu acción.
Debías creer que yo era una simple mortal y que mis palabras no dirían nada nuevo: letras más letras bienquedas, muertas, yacentes sobre una página en blanco. Nada más lejos de la realidad.
Mis frases esconden pequeños tesoros, son como piedras preciosas formando pulseras, collares, cadenas. Una no tiene sentido sin la anterior o la siguiente, van unidas a lo que pienso y dicen mucho más de lo que parece.
Mi trabajo acaba al entregar la carta, Ahora empieza el tuyo: aprender a leer. No como lo hicieron en el colegio cuando eras pequeño, sino a leer entre líneas, sin distraerte, buscando detalles que iluminen tus días o sentencias brutales que te remuevan las tripas.
Me incitaste a escribirte una carta un día, así de sopetón, como el que pide agua en el bar de la esquina pensando que el agua es agua se mire por donde se mire: que cae del cielo, que se arrastra por los ríos, que se envalentona en mares y océanos, que te limpia y también te quita la sed. Aguas que si no son tratadas provocan enfermedades mortales que acaban de golpe con tus ansias de beber.
Cartas, ganas, letras, tesoros, frases, agua, en definitiva, el comienzo de un conocimiento más hondo.






